Autoconocimiento,

De portero a millonario

Claudia Souza. Educación emocional 0 Opiniones

No habi­a en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prosti­bulo. Pero qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho no teni­a ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre habi­a sido portero de ese prostíbulo y también, antes, el padre de su padre.
Durante décadas, el prosti­bulo se pasaba de padres a hijos y la porteri­a se pasaba de padres a hijos.
Un di­a, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prosti­bulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Modifico las habitaciones y después cito al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo: A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla diaria en la que anotará la cantidad de parejas que entran aquí. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentara esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.
El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero…..
-Me encantaría satisfacerlo, señor- balbuceó- pero yo… Yo no sé leer ni escribir.
-Ah! Cuánto lo siento!-se lamentó el nuevo propietario- Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto…
-Pero señor! Usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo…

-Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte.-Y sin mas, se dio vuelta y se fue.
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca habi­a pensado que podri­a llegar a encontrarse en esa situación. Llego a su­ casa, por primera vez desocupado. Qué hacer?
Recordó que, a veces, en el prostí­bulo, cuando se rompi­a una cama o se arruinaba la pata de un ropero, él, con un martillo y clavos, se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisional. Pensó que ésta podri­a ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.
Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenia unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Teni­a que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usari­a una parte del dinero recibido. Se montó en su mula y emprendió la marcha de dos días hacia el pueblo vecino ya que en el suyo no había ferretería.
A su regreso, traí­a una hermosa y completa caja de herramientas. No habi­a terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
-Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
-Mire, si­, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar… como me quedé sin empleo…
-Bueno, pero yo se lo devolveri­a mañana bien temprano.
A la mañana siguiente, como habí­a prometido, el vecino toco la puerta.
-Mire, yo todavi­a necesito el martillo. Por que no me lo vende?
-No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferreteri­a esta a dos di­as de mula.
-Hagamos un trato -dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos di­as de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. Qué le parece?.
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro di­as… Así que aceptó y volvió a montar en su mula y partir. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
-Hola, vecino. Usted le vendió un martillo a nuestro amigo? Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros di­as de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro di­as para nuestras compras.
El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
"No todos disponemos de cuatro di­as para compras", recordaba… Si esto era cierto, mucha gente podri­a necesitar que el viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgari­a un poco del dinero de la indemnización, trayendo mas herramientas que las que habi­a vendido. De paso, podri­a ahorrar algún tiempo de viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podri­a ahorrar mas viajes y ganar mas dinero. Alquilo un galpón. Luego le hizo una entrada mas cómoda, y algunas semanas después con un escaparate, el galpón se transformó en la primera ferreterí­a del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferreterí­a del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.
Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños mas lejanos preferi­an comprar en su ferreteri­a y ganar dos di­as de marcha.
Un di­a se le ocurrió que su amigo, el tornero, podri­a fabricar para él, las cabezas de los martillos. Y luego, por que no? las tenazas… y las pinzas… y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos…..
Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas.
El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era que un año, para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela.
Alli­ se enseñari­a además de lecto-escritura, las artes y los oficios mas prácticos de la época.
El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
-Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.
-El honor seri­a para mi- dijo el hombre.- Creo que nada me gustaría más que firmar alli­, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
-Usted?, dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo.-Usted no sabe leer ni escribir? Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
-Yo se lo puedo contestar- respondió el hombre con calma. - Si yo hubiera sabido leer y escribir… serí­a portero de un prostíbulo!.
Cuento:  "El Portero del Prostíbulo" Jorge Bucay.

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