Autoconocimiento,

Desprogramando creencias.

Claudia Souza. Educación emocional 2 Opiniones

Sabes cómo se entrena a una pulga? Se coloca dentro de un frasco de cristal y se cierra con una tapadera transparente.
La pulga, a quien no le gusta estar atrapada, comenzará a saltar golpeándose contra la tapa del frasco. Seguirá saltando hasta que su cerebro comprende que no consigue nada en el esfuerzo. Así que empieza a saltar a una altura cada vez menor, sin golpear en la tapa. Después de eso, quitale la tapa al frasco que la pulga ya no intentará saltar fuera de él. Su cerebro la ha condicionado a la existencia de la tapa y nunca más intentará comprobar su ausencia.



Lo mismo sucede en una pecera donde han colocado un cristal divisorio entre un pez de acuario y un pez Oscar (especie que come peces pequeños entre su alimentación).
El pez Oscar intenta pasar al lado de la pecera donde se encuentra su víctima, pero el cristal se lo impide. Chocará varias veces con el cristal hasta que se acostumbra, dejará de intentarlo pues su cerebro aprende que si nada en aquella dirección, chocará irremediablemente contra algo. Al cabo de un tiempo, aunque saquemos el cristal divisorio, ambas especies pueden convivir tranquilas ya que el pez Oscar jamás intentará acercarse a su víctima, bajo la creencia imaginaria de ese cristal divisorio.

Y a tí, qué cristal imaginario, qué techo inexistente te separa de tu objetivo?

2 comentarios:

  1. Yo creo que los seres humanos, de puro complicados que somos, no sólo nos creamos techos y cristales sino que a medida que vamos desarrollando nuestra vida nos creamos verdaderos "laberintos" en torno a nuestro ser.

    Y para volver a nuestro equilibrio y al estado más puro y saludable, el de nuestras potencialidades innatas, tal vez no quede otra alternativa que desandar nuestros propios "vericuetos".

    Tarea difícil si las hay...

    Pablo, de Tandil, Argentina

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  2. Qué tal, Pablo: gracias porque siempre te haces un hueco y lees estas reflexiones. Tienes razón, los laberintos también son nuestros, y como hijos nuestros, debemos enseñarles, desaprender (como bien dices, desandar) y empezar de nuevo con renovada energía.
    Ni siquiera el cielo es el límite.
    Un abrazo.
    Claudia.

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